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martes, 23 de febrero de 2010

RINCON DEL ROMANTICISMO AMORES MAS ALLA DEL TIEMPO CLEOPATRA Y MARCO ANTONIO




Cleopatra VII Filopator (68 – 30 a.c.)


Hija de Cleopatra V Trifena y de Ptolomeo XII Auletes pertenecía a la dinastía Tolomeo, instaurada en Egipto por Ptolomeo I Sóter, uno de los generales de Alejandro Magno, tras la prematura muerte del conquistador. Contra lo que se afirma con frecuencia, no era de estirpe egipcia, sino griega. Heredó el trono a la edad de 17 años, junto con su hermano Tolomeo XIII (que contaba tan sólo 12 años). Conforme a la centenaria costumbre de la corte egipcia ambos reyes-hermanos contrajeron matrimonio. En el tercer año de su reinado, Tolomeo XIII tomó el control exclusivo del gobierno y empujó a su hermana al exilio. Cleopatra reunió un ejército en Siria con el que pretendía defender su derecho al trono. Antes de la batalla, que no se auguraba favorable a sus designios un suceso vino a trastocar todas las previsiones.
Tras la batalla de Farsalia, el derrotado Pompeyo se dirige a la corte de Egipto, que había sido su aliada, donde espera encontrar ayuda. El victorioso César lo persigue hasta Alejandría; a su llegada, en el 48 a.C, los partidarios de Tolomeo XIII, como homenaje, le presentan la cabeza del traicionado Pompeyo. ¡No saben con quien están tratando! César se enfurece, ¡Pompeyo Magno! insigne general romano, en otros tiempos su yerno y aliado no merece morir así, ¡a manos de unos extranjeros que intentan rentabilizar su asesinato! Además, su instinto, hasta entonces infalible, le hace atisbar posibilidades de nuevos triunfos; decide permanecer en Egipto e intervenir en la contienda civil. Enterada Cleopatra, resuelve aprovechar en su favor la nueva situación atrayendo a su bando al virtual árbitro de Roma. No pudiendo entrevistarlo según los usos habituales, puesto que las tropas de su hermano ocupan Alejandría, urde una estratagema que ha pasado a los anales de la astucia. Se hace envolver ¿desnuda? en una rica alfombra que, transportada a hombros de un servidor, no encuentra obstáculos para ser llevada ante César como uno más de los ricos presentes. La reacción del romano frente al inesperado regalo es de sobra conocida; se convierte en su amante y apoya con todo entusiasmo a la destronada, iniciándose la Guerra de Alejandría. Arsinoe, la otra hermana de Cleopatra, huye del palacio uniéndose a Tolomeo XIII y es proclamada reina por la multitud y el ejército, acción que nunca le perdonó Cleopatra. Rotas las hostilidades, las legiones derrotan por completo a Tolomeo XIII, quien muere ahogado durante el combate, 47 a.C. Como colofón, César restaura a Cleopatra reina de Egipto.
Siguiendo el ritual de la corte, contrae nuevo matrimonio con su hermano menor, Tolomeo XIV, quien tenía alrededor de 11 años de edad. Sigue a César cuando éste ha de retornar a Roma, donde realiza una entrada esplendorosa, y ambos conviven como amantes. Nace su hijo, Cesarión, cuya paternidad atribuye a César. Después del asesinato de éste, en el 44 a.C., regresó a Egipto, donde se dice que envenenó a Tolomeo XIV y convirtió a Cesarión en su corregente (con el nombre de Tolomeo XV).
Mucho se ha especulado sobre la belleza de Cleopatra. Las estatuas contemporáneas que se le atribuyen, con mucha probabilidad estén idealizadas; de las monedas no puede sacarse conclusiones por lo tosco de la acuñación en la época. Contamos con la opinión del historiador Plutarco , pero vivió casi cien años después de la reina :


"Su belleza, seguramente sin par, se hallaba en su interior y no ejercía una fascinación inmediata”


El gran W. Shakespeare lo reflejaba así:
La edad no podrá marchitarla,
ni la rutina helará sus encantos.
Otras mujeres sacian el hambre que alimentan,
ella provoca más hambre cuanto más sacia.
Pues hasta lo más impuro tanto purifica,
que incluso los santos sacerdotes la bendicen si peca


La Vida de Antonio y Cleopatra

Sin duda fue una mujer excepcional: culta – hablaba siete idiomas, siendo el único miembro de la dinastía que conocía el egipcio, lengua del pueblo-; hábil intrigante; con un especial atractivo, no solo en el aspecto físico – aunque lo cuidaba con personal atención, es famoso su colorido maquillaje, baños en leche de burra con miel, etc. – sino que emanaba de una singular personalidad. Con el transcurrir del tiempo ha conquistado un lugar de honor entre los personajes históricos más destacados.


Marco Antonio (Roma, 82 a. C. - Alejandría, 30 a. C.)

Era fuerte, jovial, apuesto, mujeriego y bebedor. En la batalla, arrojado en extremo; amaba a la tropa y los legionarios lo adoraban. Cuentan que César no tenía en gran estima sus dotes de estratega, mas contaba entre sus generales más distinguidos por su valentía, don de mando y fidelidad, que resistió todas las pruebas
Estaba presente en el Senado en el momento que César accede por última vez. La primera maniobra de los conjurados consiste en distraerlo, apartándolo de la víctima, seguros de que acudiría en su defensa. ¿Influyo en su posterior trayectoria no haber podido ayudar a su protector? No hemos encontrado testimonio histórico en cualquier sentido.
Atendiendo a su cargo y proximidad a César, el Senado le confiere el honor de pronunciar el elogio póstumo; tras la lectura del testamento, que conmocionó al pueblo por su generosidad, juró a los dioses que estaba dispuesto a vengarlo y cerró la escena dramática presentando la toga ensangrentada del dictador y su cuerpo inanimado, herido por 23 puñaladas. Ante aquel espectáculo, los presentes rugen de ira y deseo de venganza, apoyando a Marco Antonio, que se erigió en el hombre más poderoso de Roma. No quiso, o no pudo, aprovechar aquella circunstancia favorable, lo que, al final, acarrearía su perdición.
Por el contrario, Octavio, sobrino-nieto de César, que lo había nombrado su heredero, demostró una habilidad excepcional. Valiéndose de la influencia de Cicerón encabeza un ejército senatorial que derrotó al de Antonio. Cambiando la alianza, se reconcilió con Antonio: uniendo los respectivos ejércitos con los del general Marco Emilio Lépido, se enfrentan al Senado que, impotente, legaliza la formación por cinco años (luego prologado otros cinco) de un segundo triunvirato que debía restaurar el orden
El nuevo poder desata en Roma represión sangrienta contra sus rivales, en gran parte formados por los opositores a César y seguidores del Senado (Cicerón es una de sus víctimas). Por último, en el 42 a.C., en la batalla de Filipos, el triunvirato aplastó a las fuerzas de los dos asesinos de César, Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino. Ya sin oponentes, los triunviros se reparten el territorio según zonas de influencia. Más adelante Lépido es apartado del poder real y Marco Antonio asume el control de todo el Oriente.


El romance


Las relaciones transcurrieron durante trece años, desde el año 42 hasta el 30 a.C. en que se suicida Antonio. Aceptan, sin exageración, el calificativo de tempestuosas, alternando largos periodos de total entrega con otros de separación física. Ambos enamorados nunca abandonaron del todo sus respectivas responsabilidades políticas. En este sentido, la situación era muy desigual; el romano contaba con un poderoso ejército, pero, además de mantener la hegemonía en Oriente, tenia que atender al flanco interior; por el contrario, la egipcia, sin huestes que poder enfrentar a las legiones de uno u otro triunviro, para mantener su corona solo tenia las armas de la astucia y seducción personal.
Estando Marco Antonio en Tarso, importante ciudad de Cilicia, en Asia Menor, convocó a Cleopatra para un encuentro personal. Ella, que ya no contaba con validos en Roma, para deslumbrar al nuevo poder, preparó le reunión con todo lujo de detalles: arribó a la cita en un majestuoso barco escoltado por una solemne flotilla ataviada con todo lujo.
El extraordinario atractivo de la reina impresionó a Antonio quien, ganado por su personalidad y encanto, le concedió algunas de sus peticiones: parece que entre ellas eliminar a su propia hermana Arsinoe. Ambos eran conscientes de que su alianza podía ser de mutuo beneficio: Cleopatra deseaba hacer de Alejandría una nueva Roma y Marco Antonio necesitaba contar con Egipto para controlar el Imperio Romano. Se despidieron concertando una nueva entrevista
La cita tuvo lugar en el invierno del año 41 a.C. El romano pasó toda la estación olvidando sus responsabilidades, malgastando el tiempo en todo tipo de derroches y ociosidades. Mientras, en Roma, Octavio sentaba las bases para la inminente pugna contra Marco Antonio, desacreditándolo ante el Senado y acusándolo de dedicarse a pasar los días de bacanal en bacanal con su "furcia "egipcia.
En la primavera del año 40 a.C. y muy a su pesar, Antonio hubo de abandonar Alejandría y embarcarse hacia Tiro, desde donde sofocó una nueva revuelta parta. Luego marchó a Éfeso y desde allí a Atenas, donde se encontró con su esposa Fulvia, dispuesta a no perdonar su abandono y entrega a Cleopatra. Reunidas naves y tropas, Marco Antonio fue a Italia para enfrentarse contra Octavio.
Mas, en lugar de combatir, los rivales optan por negociar, consolidando las zonas de influencia del triunvirato en vigor legal. Aprovechando que Antonio había enviudado de Fulvia, el acuerdo es sellado mediante el matrimonio con Octavia, la hermana de su rival. Por aquel entonces -otoño del 40 a.C.- Cleopatra daba a luz los gemelos Alejandro Helios y Cleopatra Selene, hijos de su compañero romano.
Los tres años siguientes, suministran escasa información sobre Cleopatra, con supuesto enfado por la boda de Marco Antonio. Éste, atiende en Roma sus obligaciones: prepara una campaña para rechazar a los partos y reorganiza algunos territorios como Judea. En el año 36 a.C. parte a la guerra de Oriente, que en los primeros combates se muestra desfavorable a las legiones. No es de extrañar que, desalentado, decide reposar en compañía de Cleopatra, con la que se reúne en Antioquia, pasan luego a Alejandría donde se casan.
La derrota, seguida del aparente abandono del teatro de operaciones; la boda pública, en realidad bigamia pues ya estaba casado con una romana; el cambio de aspecto y costumbres, cada vez más orientales, son pretextos que aprovecha con éxito Octavio para ahondar el descrédito de su rival. Nace un tercer hijo y Cleopatra es acusada de embrujar a Antonio, quien termina siendo declarado “enemigo de la República”
Mientras, la situación en la frontera parta sigue deteriorándose. En el 34 a.C., se hace imprescindible una nueva intervención militar; esta vez la fortuna sonríe a Marco Antonio, quien, en lugar de ir a explotarla a Roma, retorna a los brazos de Cleopatra, quien organiza en su honor un ostentoso simulacro del “triunfo” (desfile de entrada en Roma del general vencedor, que era aclamado por el pueblo) romano. La pareja continúa su fastuosa vida oriental, ajenos al entorno, cada vez más hostil.
Un dicho popular afirma “el diablo, cuando quiere perder a alguien, primero lo envanece”. Esta es la única explicación a que, con su demostrada sabiduría y experiencia, cometiesen el error que Roma jamás ¡jamás! podía tolerar: reparten el territorio bajo su control entre Cleopatra, Cesarión - el hijo de César- y los hijos que había tenido con Cleopatra, entre ellos, Ptolomeo Filadelfo, de tan sólo 2 años. La guerra es inevitable, una guerra “a la romana”, esto es: total sometimiento del enemigo, cuando no, su exterminio.
Tras algunas escaramuzas, el ejército combinado de Cleopatra y Antonio es bloqueado en Actium (Grecia). Para romper el cerco, deciden plantear una batalla naval, que se adivina decisiva. El 2 de Septiembre del 31 a.C. tiene lugar el enfrentamiento de la flota combinada, mandada por el propio Antonio y con la presencia de Cleopatra, contra la romana comandada por el prestigioso almirante Agripa.
En pleno fragor del combate, por razones aún no aclaradas, Cleopatra ordena a los 60 barcos de la flota egipcia que sigan a su bajel abandonando la lucha. Al ver esta maniobra, Antonio, desentendiéndose de la batalla, ordena a su trirreme dar alcance a la reina fugitiva. La derrota fue total, perdiendo más de la mitad de las naves y la defección de gran parte de las legiones acuarteladas en tierra. Cuentan las crónicas que el general pasó “tres días, sentado en la proa, sin moverse y con la cabeza entre los brazos”.
Cleopatra puso rumbo a Alejandría. Ante el temor de que sus súbditos reaccionasen a la derrota de manera negativa, la reina no dudó en engalanar las naves al arribar al puerto, convirtiendo así el estrepitoso fracaso en una fingida victoria. Por su parte, Marco Antonio, marcho a Cirenaica, donde había dejado tropas acantonadas, con las que pretendía hacer frente a la previsible ofensiva final de su rival, pero le retiraron su fidelidad, pasando de bando en masa. Abandonado, regresa a Alejandría, donde se sume en una profunda depresión.
Octavio, tras superar una resistencia testimonial, entraron en la ciudad en agosto del año 30 a.C. Marco Antonio, aislado, recibe la falsa noticia de la muerte de Cleopatra; desesperado, se clavó su propia espada. No murió de inmediato, sus sirvientes le trasladaron al mausoleo donde ella se había encerrado. Allí expira, en los brazos de su amada.
Aunque algunos de sus ex-generales solicitaron de Octavio el honor de enterrarlo, Cleopatra recibió del vencedor esta última distinción.


Epílogo


Tras sepultar a Antonio, Cleopatra decide morir. Las heridas que se hizo en el pecho, llorando ante el cuerpo del amante moribundo, se habían infectado. La fiebre y la privación voluntara de alimentos la estaban consumiendo. Octavio - quien no podía consentir que la reina muriera, tenía que desfilar en su “triunfo”- la amenazó con la muerte de sus hijos si persistía en su actitud, Cleopatra cedió y volvió a alimentarse.
Octavio quiso asegurarse del cambio de actitud y la visitó en persona. La entrevista ha inspirado la leyenda más conocida sobre la reina del Nilo; intenta repetir la maniobra que tanto éxito había tenido en el pasado: seducir a Octavio. Pero el victorioso general no se dejó impresionar por la reina, al parecer concentra su rechazo en la nariz, demasiado grande a su gusto:
“Si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta, la historia del mundo habría cambiado”
Vuelta al mausoleo, los espías le informan que marcharía, junto a sus hijos, hacia Roma dentro de tres días. Era el fin, negándose a la humillación de caminar prisionera en el “triunfo” de Octavio, elige la única salida posible: Se hizo bañar, maquillar y vestir como reina por sus dos fieles servidoras, Iras y Carmión. A continuación envió una carta a Octavio en la que pedía que su cuerpo fuese sepultado junto al de Antonio. Cuando Octavio abrió la carta, sospechó que la reina iba a quitarse la vida. Con urgencia, envió emisarios para evitarlo, pero ya era demasiado tarde. Los esbirros abrieron las puertas y...
Vieron ya a Cleopatra muerta en un lecho de oro, regiamente adornada. De las dos siervas, la que se llamaba Iras, estaba muerta a sus pies, y Carmión, ya vacilante y torpe, le estaba poniendo bien la diadema que tenía en la cabeza. Díjole uno con enfado: "Bellamente, Carmión", y ella respondió: "Bellísimamente, y como convenía a quien era de tantos reyes descendientes", y sin hablar más palabras, cayó también muerta junto al lecho. (Plutarco)


Encontraron dos tenues punzadas en un brazo de la fallecida reina, lo que hizo pensar que se había dejado morder por un áspid. Alguien dijo que un campesino había traído una cesta llena de higos en la que se ocultaba el reptil.
Era el 12 de agosto del año 30 a. de C. La reina había vivido 39 intensos años.
Octavio continúa la cruel eliminación de los hijos “romanos” de sus antecesores, que podrían ser obstáculos en su camino: El primogénito de Marco Antonio y Fulvia ya había sido asesinado en Alejandría, le sigue Cesarión, quien podría pretenderse heredero de Julio César. Otros hijos de Cleopatra, Alejandro Helios y Ptolomeo Filadelfo por el momento corrieron mejor suerte: fueron enviados a Roma bajo el cuidado de Octavia, aunque mas adelante desaparecieron en circunstancias misteriosas. Se dijo que fueron asesinados por Herodes.
La única sobreviviente fue Cleopatra Selene a quien casaron con Juba II de Mauritania.

sábado, 20 de febrero de 2010

RINCON DEL ROMANTICISMO....AMORES MAS ALLA DEL TIEMPO RAUL Y MARTHA

EL AMOR TRÁGICO (Raúl Barón Biza y Martha Rossi Hoffmann)


Raúl Barón Biza, millonario, joven y exitoso. Nació en Córdoba en 1899, de acomodada posición era hijo de los millonarios Wilfrid Barón y Catalina Biza, poseedores de grandes latifundios en la provincia de Córdoba. Desde joven había incursionado en la política, la literatura y los negocios. Así, apoyó al líder radical Hipólito Yrigoyen, una posición extremadamente inusual en las clases más acomodadas; en 1924 publicó Risas, lágrimas y sedas. En el orden de los negocios, introdujo el cultivo sistemático del olivo en Argentina, y organizó la explotación de minas de wolframio y bismuto en el noroeste del país. El Barón Biza era un reblede, de carácter y actitudes imprevisibles, loco, inteligente y hasta tierno. Actuaba sometido a los extremos, todo negro o blanco, nada de medias tintas. Esta personalidad “bipolar” se materializó en todos los actos de su vida…
Cuando estaba de vacaciones en Italia, conoció en Venecia a la actriz austriaca Rosa Martha Rossi Hoffmann, que actuaba con el seudónimo de Myriam Stefford. Tras un rápido y apasionado romance, el 28 de agosto de 1930 contrajeron matrimonio en la catedral de San Marcos, ella tenia 22 años y él 31. Todos se asombraban de la dulzura de Myriam y, más aún, del hecho de haberle contagiado a Barón Biza algo de ella. Pronto, Raúl se olvidó de su vida de Playboy y se alejó del alcohol, las fiestas descontroladas, el juego. Realmente, estaba enamorado, compartiendo todo con su esposa hasta un pasatiempo como la aviación. Sin embargo, este pasatiempo que los unía será también lo que los separe para siempre.
Raúl y Martha volaron juntos en un pequeño aparato el tramo Río de Janeiro-Buenos Aires. Casi enseguida formaron parte de un raid que debía cubrir las catorce provincias que formaban entonces la Argentina. De esta manera, a bordo de una avioneta bautizada como Chingolo I comenzaron la aventura, pero debieron aterrizar de emergencia en dos ocasiones. Barón Biza decidió abandonar el raid, ya no lo entusiasmaba, pero ella, siempre sonriente y con la aventura corriendo por su sangre, eligió seguir. Martha abordó otro avión, el Chingolo II, y la acompañó otro copiloto y el alemán Luis Fuchs. Sobrevolaban la provincia de San Juan y no faltaba mucho para aterrizar pero, a la altura de Marayes, un pequeño pueblo rodeado de un gran desierto, la nave perdió sustentación y cayó. Los dos tripulantes murieron en el acto, el 26 de agosto de 1931.
Cuando su esposa falleció trágicamente faltaban dos días para cumplir un año de casados. Raúl Barón Biza, desconsolado, desganado hizo construir en el lugar donde murió Martha un monumento donde hizo incrustar el motor destruido del avión de Myriam.
Sin embargo, el desconsuelo de Barón Biza lo llevó a construir en los Cerrillos, una estancia donde la pareja había vivido, junto a la ruta 5 que une Alta Gracia con Córdoba, un mausoleo enorme. Para ello contrato al ingeniero Fausto Newton. El mausoleo era un obelisco de 15 metros de altura por lado. En su interior, guardaba una cripta que guardaría para siempre los restos de la mujer amada. También allí hizo que se pusieran junto a ella todas sus joyas, incluido un enorme diamante de 45 kilates conocido como La Cruz del Sur. Para que nadie se atreviera a profanar el lugar, ubicó la cripta con las joyas a 6 metros de profundidad, la hizo cubrir con hormigón armado y colocó explosivos de gran poder que no se pueden advertir a simple vista. Hubo quienes pensaron que esto último no era cierto y sólo se trataba de una amenaza falsa para evitar intrusos, pero muchos años después, sumándose a las decenas de profanadores que se detuvieron tan sólo con el hormigón, hubo un grupo oficial que investigó con aparatos el sitio y, en efecto, detestaron la presencia de poderosos explosivos.
En ese lugar, Barón Biza hizo colocar una placa muy visible en la que está escrita la frase: Viajero, rinde homenaje con tu silencio a la mujer que en su audacia, quiso llegar hasta las águilas. Sin embargo, en pleno Buenos Aires se iniciara en 1935, la construcción del obelisco. Ese monumento en plena avenida 9 de Julio mide 67 metros y medio. Barón Biza, no quiso que la construcción porteña superara al monumento de su esposa, así que se decidió a superarlo en altura. De esta forma, la construcción mezcla de cripta funeraria y cueva de tesoros mide 84 metros, es decir 16 metros y medio más que el obelisco de Buenos Aires. Es el mausoleo más grande del país. Sin embargo, los amores contrariados no terminaran con esta historia, Barón Biza también vivirá un amor oscuro…


EL AMOR TRÁGICO II (Raúl Barón Biza y Rosa Clotilde Sabattini)


Fue a partir de esta historia cargada de celos y locura que se conoció al apellido Barón Biza como “el nombre de la maldición”. En 1935, el mismo año en que se erigió el mausoleo y a cuatro años de la muerte de su esposa Myriam, Raúl conoce a una joven de 17 años hija de una familia reconocida de Córdoba, los Sabattini. A pesar de que le llevaba casi veinte años, comenzaron un romance Rosa Clotilde Sabattini, era hijo de un amigo íntimo de Barón Biza, Amadeo Sabattini, gran caudillo radical en Córdoba. La pareja continúa el romance en secreto hasta el punto de que huyen a Europa y se casan en secreto, despertando la furia y el repudio de la familia Sabattini.
Sin embargo, él la ayudó en sus estudios en Suiza, los que harían de ella una de las mejores pedagogas de los años siguientes. Rosa Clotilde Sabattini había cursado sus estudios primarios y secundarios graduándose de maestra normal para luego ir a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, dónde se tituló como Profesora de Historia. Por sus excelentes notas le fue concedida una beca en Suiza para realizar estudios sobre los métodos educativos y pedagógicos europeos. Cinco años más tarde, regresan a Argentina, pero Barón Biza había retornado a su vida licenciosa de soltero. Con Rosa habían tenido tres hijos, pero la convivencia entre ellos se fue haciendo cada vez más insoportable. Las peleas eran continuas e incontrolables, las actitudes del hombre eran tan reprochables como para que el hermano de Rosa lo retara a duelo, y duelo en serio ya que ambos terminaron con heridas de bala.
Todos estos episodios hacían que el matrimonio se torne insostenible. De esta forma, Rosa huye con sus hijos y permanece deambulando. Hasta que en 1964 pide formal y oficialmente la separación definitiva. Ante este pedido, Raúl la cito a Rosa y a sus dos abogados en su propia casa, el 16 de agosto de 1964, un domingo, a las ocho de la noche. Rosa acompañada de sus representantes legales acudieron a la cita. Baron Biza parecía sereno, aceptando las condiciones del divorcio. Muy amablemente, sirvió dos vasos de whisky y los llevo a los dos abogados.


Luego llenó un tercer vaso y se acercó a su esposa sin apuro. Al tenerla frente a él, arrojó el contenido a la cara de Rosa Sabattini. El de ella no era whisky, era ácido clorhídrico. La escena se transformó en una pesadilla que no podría describirse a través de las palabras. Los abogados la cubrieron como pudieron y la llevaron de inmediato al Instituto del Quemado. Barón Biza quedó allí, solo. Unas horas después fue a buscarlo la policía y lo halló en su cama. Se había disparado un tiro en la cabeza. Rosa Sabattini, soportó una vida recluída, luchó por años por recuperar algo de su hermoso rostro, pero fue en vano, a pesar de haber sido operada por los mejores cirujanos plásticos de Europa. En 1978, se suicidó arrojándose al vacío desde el mismo departamento donde ocurrió todo. Raúl Barón Biza fue enterrado a pocos metros del mausoleo de Myriam.

viernes, 19 de febrero de 2010

RINCON DEL ROMANTICISMO....AMORES MAS ALLA DEL TIEMPO JUANA Y FELIPE


En una consulta entre los españoles acerca de su opinión sobre Dª Juana I de Castilla, es muy probable que una mayoría de los encuestados ignorasen por completo la existencia de dicha reina; parejo desconocimiento habría acerca de D. Felipe I. Mas, si los personajes objeto de la pregunta fuesen Dª Juana “La Loca” o D. Felipe “El Hermoso”, el resultado, con toda seguridad, sería distinto.

Ser recordado por el único atributo del, pretendido o real, desorden mental no parece que sea la aspiración de persona alguna. En cambio, a nuestra protagonista la locura que se le atribuye reviste caracteres singulares, situándola, con todo merecimiento, en la galería de “Amores trágicos”. Según la tradición, enloqueció de amor y celos hacia su marido Felipe I “El Hermoso”, haciendo crisis su pasión con la prematura muerte del mismo. Pero, no adelantemos acontecimientos.
Juana, tercera hija de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón (Reyes Católicos) nació en Toledo el 6 de noviembre de 1479. Tenía gran parecido físico a su abuela paterna, doña Juana Enríquez, por lo que, embromándola, Isabel llamaba a su hija "mi suegra". Sus padres le procuraron una esmerada educación, entre sus preceptores se hallaba Beatriz Galindo. Pronto se manifestó en Juana una vena mística que pretendió encauzar haciéndose monja; en cambio, los reyes tenían distinto plan para la atractiva Juana.La política exterior de la monarquía (ya española) tenía como fin cercar al enemigo reino de Francia; en consecuencia, fue concertada una doble boda que fortalecía los vínculos con el Imperio, vecino occidental y también rival de los franceses.
El príncipe Juan, heredero de la Corona, se unía con.hija de y María de Borgoña, mientras que Juana, recién cumplidos los 16 años, casaba con el archiduque Felipe, conocido por el sobrenombre de El Hermoso, hijo menor del Emperador
Era hijo del emperador Maximiliano I y María de Borgoña. Su cuna le confirió la herencia de innumerables títulos nobiliarios: duque de Borgoña, de Luxemburgo, de Brabante, de Güeldres y Limburgo y conde de Tirol, Artois y Flandes. Ha pasado a la Historia con el sobrenombre de “El Hermoso”, aunque muchos críticos opinan que, a la vista de los retratos que del mismo se conservan, el apelativo quizá resulte un tanto exagerado. Era un hombre de cuerpo proporcionado y de agraciado rostro, aficionado a los deportes de su tiempo al ser ágil y poseer fortaleza.
La intensa dedicación de la nobleza a la vida galante no es privativa de nuestro tiempo, se le atribuyen abundantes amantes en la corte borgoñona. Al igual que sus homólogos españoles, su padre, por motivos políticos, concertó con los Reyes Católicos un matrimonio doble: Felipe y su hermana Margarita casarían con Juana y Juan.


LOS CELOS

El matrimonio se celebró en Lille, el 21 de agosto de 1496. Las crónicas relatan que no pudo empezar con mejores auspicios: la atracción física entre los novios fue muy intensa desde el momento de conocerse, obligando a precipitar el casamiento para permitir a los fogosos cónyuges consumarlo de manera inmediata.
Pronto quedo Juana embarazada, el 15 de noviembre de 1498, nació una niña a la que se puso el nombre de Leonor (quien en el futuro será una de las primeras bazas en la política exterior de su hermano, el emperador Carlos, casará primero con el rey Manuel I de Portugal y tras quedarse viuda, contraerá matrimonio con Francisco I de Francia). Según la opinión mas extendida, este embarazo fue el detonante para el cambio de actitud experimentado por Felipe, que vuelve a sus devaneos amorosos con las damas de la Corte.
La ausencia de prensa especializada no impidió que la situación se hiciese del dominio público y llegase a conocimiento de la esposa. Para sorpresa de todos, la princesa no reaccionó acorde con el proceder establecido por la sociedad en casos parecidos; en lugar de transigir con la situación - quizá pagando con la misma moneda – exigió fidelidad a su marido. Como, a despecho de la firme actitud de la princesa, el caballero no varió un ápice su comportamiento, Dª Juana, presa de unos celos obsesivos, puso de su parte todo lo posible para retornar a las apasionadas relaciones – tuvieron cinco hijos más en el espacio de siete años – emprendiendo, a la vez, una estrecha vigilancia del infiel compañero, lo que dio lugar a infinidad de situaciones más o menos embarazosas. Como ejemplo de este comportamiento sorprendente se cita dos anécdotas reveladoras:
Agredió a una dama de compañía, cortándola el cabello con sus propias manos, por tener sospechas – parece ser que con total fundamento - de ser una de las furtivas amantes de Felipe.
El 24 de febrero de 1500 nace su segundo hijo, Carlos, el futuro Emperador. Cuenta la tradición que el parto tuvo lugar en un pequeño retrete del palacio de Gante, porque Juana, a pesar de su avanzado estado de gestación, acudió a una fiesta para vigilar de continuo a su marido, sorprendiéndola allí la rotura de aguas.
No debe extrañar que ante tan insólita afectación, los cortesanos empezasen a sospechar del equilibrio anímico de la futura soberana, comenzando a tejerse la leyenda que la acompañaría en la posteridad.
Las crónicas señalan una mejora en las relaciones entre ambos cónyuges a partir del nacimiento de Carlos. No falta quien achaca el acercamiento de D. Felipe a su ambición, las circunstancias le colocan en disposición de reinar en España: D. Juan, hermano mayor de la princesa muere en 1497, un año más tarde corre igual suerte la siguiente hermana, Isabel; por último, el hijo de esta, el infante Miguel de Portugal fallece en 1500. Los desgraciados sucesos convierten de forma automática a Juana en heredera de las coronas de Aragón y Castilla. Fruto de la nueva luna de miel es el tercer alumbramiento: en 1501 viene al mundo Isabel, que llegaría a ser reina de Dinamarca tras su matrimonio con Christian II.
A principio del año 1502 Juana y Felipe llegaron a Fuenterrabía para ser proclamados príncipes de Asturias, y Gerona, títulos tradicionales de los respectivos herederos de Castilla y Aragón. El 10 de marzo de 1503 nacía en Alcalá de Henares el cuarto hijo del matrimonio: Fernando, futuro Emperador de Alemania y rey de Hungría y Bohemia.
Por el momento, las pretensiones de Felipe no podían ir más allá de lo conseguido, con lo que no considera necesario continuar en la, hasta cierto punto, austera corte de sus suegros. Alegando cierto desgobierno en sus estados partió hacia Flandes: Juana, aún en contra de su voluntad queda en España. La separación recrudece los celos, que se tornan más y más obsesivos; la corte española comienza a hacerse eco de las habladurías procedentes de Flandes acerca de un serio desequilibrio, sus padres, los Reyes Católicos, pretextando su estado físico tras el reciente parto, insisten en mantener a Juana a su lado vigilando su evolución. Pero la voluntad de la princesa es firme, desea acudir al lado de su esposo. Venciendo los serios intentos de su madre por retenerla, acaba embarcando con destino a Flandes. Para su desconsuelo, allí comprueba que sus temores no eran infundados
La reina de Castilla, Isabel I, fallece víctima de un cáncer en Medina del Campo el 26 de noviembre de 1504. La nueva situación obliga a la pareja a retornar a España, aunque un nuevo embarazo retrasa la partida; a finales del año 1505 Juana alumbra a María, que casará con el rey Luis de Hungría y Bohemia. Por fin, en la primavera de 1506, tras una breve estancia en Inglaterra, Juana y Felipe arriban a La Coruña.
El testamento de la reina Isabel deja como heredera de la Corona de Castilla a su hija Juana, mas una cláusula indica que, en caso de desequilibrio mental, la regencia sería encomendada al padre. D Fernando de Aragón. Esta disposición, es muy probable que prudente, sería la semilla de graves enfrentamientos políticos, que, con toda seguridad, agravaron el estado de Juana.
La nueva reina carece de avidez por el poder , estaba enamorada; para ser feliz sólo necesita la fidelidad de su esposo. Diferente es la actitud de Felipe, que ansía convertirse en rey, o de su padre D. Fernando, que ama la potestad, no en vano se ha dicho que fue modelo para “El Príncipe” de Maquiavelo. Ambos se enzarzan en una agria disputa con una referencia común: sus presuntos derechos a ejercer la regencia emanaban de la pretendida incapacidad de Juana. Conociendo a estos personajes, ¿Puede extrañar que los dos propalasen, con razón o sin elle, la locura de la reina?
D. Felipe juega las bazas tradicionales en los aspirantes al poder; mediante una táctica de promesas a la nobleza, poco feliz con la política centralizadora de los Reyes Católicos, atrae a su bando a parte importante de sus miembros, obligando a D. Fernando a retirarse a Aragón, quedando como virtual Señor de Castilla. Su breve reinado estará caracterizado por el reparto de privilegios y mercedes a los nobles castellanos y flamencos, alcanzando un papel determinante el señor de Belmonte, don Juan Manuel.


EL DESENLACE


La alegría dura poco. A comienzos del mes de septiembre de 1507 don Felipe jugaba un partido de pelota en Burgos. Cuando termina, sudoroso, bebió agua helada; al día siguiente se sintió con fiebre. Nunca se repuso y el 25 de septiembre de 1507 fallecía. Se propalaron algunas especulaciones sobre la posibilidad de un envenenamiento, que la investigación histórica no ha podido corroborar.
El comportamiento de D. Juana tras el fallecimiento de su esposo constituye la mayor fuente de inspiración para todo tipo de leyendas macabras, muchas de ellas inciertas, pero que, con el paso de los años, contribuyeron a consolidar el personaje de “Dª Juana La Loca”.
En el momento de recibir la desgraciada noticia no derramó una sola lágrima; pero su rostro adquirió para siempre un rictus de desconsuelo. Su amado Felipe fue enterrado de manera provisoria en Burgos, desde donde debía ser trasladado a la Capilla real de Granada, el lugar indicado por el protocolo. Pero una repentina epidemia aconsejo a la reina trasladarse a la Cartuja de Miraflores (Burgos), donde llevó consigo el féretro. Juana no dejó de acudir un solo día a la cripta; luego de almorzar en el monasterio, pedía a los monjes que abrieran el ataúd para acariciar a su marido. Le aterraba pensar que podrían llevar el cadáver de Felipe a Flandes, y necesitaba constatar a diario de que el cuerpo seguía estando allí.
El 20 de diciembre de ese año, en medio del durísimo invierno burgalés, con la reina en avanzado estado de gestación, comienza el traslado del cadáver hasta el panteón real de Granada, en un lúgubre vagar por los campos y ciudades abrazada al ataúd. El tétrico espectáculo de la comitiva, la cara pálida y aterrada de Juana, conmocionaban a la gente en los caminos. La comitiva, encabezado por la viuda, viajaba siempre de noche y alojándose en lugares donde las mujeres no pudiesen tener contacto con el cortejo, lo que aumentó las noticias de la locura de doña Juana.
Para aumentar los detalles morbosos, durante el trayecto la Reina se puso de parto, deteniéndose la comitiva en Torquemada (Palencia), solar de la familia homónima, cuyo miembro más distinguido fue Fray Tomás, paradigma inquisitorial. El 14 de enero de 1507 nacía Catalina, quien años más tarde contraería matrimonio con Juan III de Portugal.
Tras el sepelio, la infortunada reina cayó en una gran depresión, D. Fernando, ya sin rival, asume la regencia de Castilla. Para mayor control de la situación decide encerrar a Juana en Tordesillas. Corría el mes de enero de 1509. En 1516 murió el rey, dejando el trono en manos de su nieto, e hijo de Juana, Carlos I de España (aquel niño nacido en el retrete del palacio de Gante) quien en el futuro se coronaría Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico con el nombre de Carlos V Alemania.
La suerte de Juana no mejoró con el cambio de monarca; su hijo también estaba interesado en que figurase de manera oficial como incapaz, de lo contrario no sería él el Rey, con lo que mantuvo la reclusión de su madre. Allí permaneció el resto de su existencia, vestida siempre de negro y haciendo una vida retirada. Había días en que se la oía llorar llamando desconsolada a su esposo, incluso, algunos sostenían que se la escuchaba dialogar con él como si estuviera presente, todo ello contribuyó a acentuar su problema mental.


El 12 de abril de 1555 fallecía doña Juana, tras ¡46 años! de cautiverio atenuado, cubierto su cuerpo de llagas al negarse a ser aseada y cambiada de ropa. Quizá los celos de la desdichada Juana degenerasen en una leve enfermedad mental, pero esta se vio agravada por las disputas de poder, primero entre su marido y padre y luego su hijo. Todos sus allegados prefirieron el aislamiento de Tordesillas en lugar de intentar la recuperación que, en su caso, pudiese haber sido, al menos, ensayado. Descansa para siempre, junto a su amado Felipe, en el panteón de la Catedral de Granada.

lunes, 15 de febrero de 2010

RINCON DEL ROMANTICISMO....AMORES MAS ALLA DEL TIEMPO CAMILA Y LADISLAO

Nota aclaratoria: Juan Manuel Rosas (1793-1877) Gobernador de Buenos Aires Argentina. Sus seguidores políticos eran los rosistas.


El régimen rosista empezaba a ser más tolerante con sus opositores. Muchos habían regresado, cansados de esperar el fin del tirano. Mariquita Sánchez, por caso, se entretenía tocando el piano y recibiendo a unos pocos amigos fieles en su casa de la calle Florida. Una tediosa monotonía caracterizaba la vida pública y privada. Xavier Marmier, hombre de letras que visitó Buenos Aires en 1850, se aburrió mucho en las tertulias donde no se podía hablar de otra cosa que de modas y banalidades. Ludovico Besi, un prelado italiano que vino como legado papal ese mismo año, se sintió asqueado ante la ostentación de la obsecuencia por parte del clero porteño. El obispo local había tolerado la supresión de las fiestas religiosas decretada por el gobierno para que la gente trabajara un poco más. El espionaje, la delación y la inmoralidad eran moneda corriente. Los jesuitas, llamados por Rosas de regreso al país, se habían ido de nuevo porque no admitían los actos de sumisión que se les imponían.



Transgredir la ley se pagaba cruelmente. Esto le sucedió a Camila O’Gorman, una jovencita que se enamoró del teniente cura del templo del Socorro, Uladislao (o Ladislao) Gutiérrez. La pareja escapó a Corrientes para poder vivir sin trabas su amor, no advirtiendo el escándalo que dejaban atrás. Rosas, disgustado porque los emigrados de Montevideo denunciaban el libertinaje de la sociedad federal, decidió dar un escarmiento: ordenó apresar a la pareja y la hizo fusilar aduciendo que ése era el castigo dispuesto por la antigua legislación española para los amores sacrílegos. Esta conmovedora tragedia, que ocurrió en el Campamento Militar de Santos Lugares en 1848, contribuyó a demostrar que el uso arbitrario del poder era la esencia del régimen. (Fuente: Argentina, Historia del País y De Su Gente - María Saenz Quesada)


Los O’Gorman eran irlandeses, por eso era muy común que visitara la casa de esta familia un curita muy joven que no hacía muchos meses había llegado a la parroquia del Socorro. Habia nacido en Tucumán, pertenecía a una familia adinerada, era muy apuesto con su pelo moreno y su sonrisa franca, tenía veinticuatro años y se llamaba Ladislao Gutiérrez. Una de las hijas de los O’Gorman se llamaba Camila, tenía veinte años y era de una belleza serena pero deslumbrante. Su espíritu era festivo y romántico. Era la niña mimada de la casa. Es imposible saber cómo empezó todo. El caso es que Camila y Ladislao se enamoraron. Sabían lo que significaba aquello y ambos pedían perdón a Dios por lo que no podían y no sabían refrenar. Juzgarlos sería demasiado fácil.

Camila y Ladislao deciden fugarse. En los últimos días de 1847 salen por la noche, él de paisano, ella con un modesto vestido. Pocas horas después, la familia de Camila denuncia la desaparición de la joven y comienza una afiebrada búsqueda. Ellos pertenecen también a una familia socialmente acomodada y con contactos en los mandos, por lo que las autoridades, sin imaginar el escándalo en ciernes, agotan los recursos para encontrarla.
Solo al advertir la desaparición del padre Ladislao e hilar algunos hechos que antes parecían casuales pero ya no, comienzan a entrever la verdad. Crece la desesperación. Ni los familiares de Camila ni las autoridades eclesiásticas saben qué hacer. La noticia toma estado público y se la califica como un "crimen horrendo”. Todo Buenos Aires habla de la pareja y nadie sabe dónde están. Nadie.
La policía de Juan Manuel de Rosas busca afanosamente a los protagonistas del “crimen horrendo”. El gobernador de Tucumán, Celedonio Gutiérrez, tío de Ladislao, se presura a enviar, sin motivo alguno, un regalo valioso al Restaurador: dos sillas talladas a mano que, más que eso, es una manera de decir de que se lava las manos por la actitud de su sobrino y acepta disciplinadamente las decisiones del poderoso Rosas, sean las que fueren.
Camila y Ladislao, mientras tanto, lograron abordar una pequeña embarcación en el Tigre convenciendo al capitán para que los dejara en Goya, Corrientes. El hombre desconoce la identidad de sus casuales pasajeros. Ellos llevan documentos falsos donde él figura como un comerciante jujeño llamado Máximo Brandier y ella como su esposa, Valentina Desán de Brandier, Al poco tiempo, la pareja abre una escuela en Goya y comienzan a dar clases a los habitantes del lugar, que enseguida se encariñan con ambos como si hubieran vivido allí desde siempre. La casa de ellos es pequeña pero limpia y decorosa.
Dedican casi todo su tiempo a la enseñanza y a amarse con mucha ternura. Puede decirse que son felices, tal vez hasta muy felices, pero nada es eterno. Un día hay una fiesta en Goya y ellos asisten. Allí, un hombre recién llegado de Buenos Aires los reconoce. Se acerca a Ladislao, que por supuesto viste de paisano, y le pregunta a quemarropa con un tono lleno de ironía: Cómo está Ud., padre Gutiórrez? ¿Hace mucho que no va por Buenos Aires?”. De responderle, Ladislao debió decirle que pronto se cumplirían seis meses desde el día en que huyeron de la ciudad, pero fingió no escuchar nada y se fue para otro lugar la fiesta. El tipo se quedó mirándolo, con una sonrisa maliciosa y sin esperar una respuesta, que ya estaba dada.
Camila y Ladislao decidieron no huir. Tal vez pensaron que el tiempo había ablandado las opiniones, quizá creyeron que no debían seguir escapando o que ya los habrían olvidado. Pero no era así. Dos días más tarde llegó la orden de Buenos Aires: ellos debían ser detenidos y devueltos a la ciudad. Así se hizo.
Por orden de Rosas se habilitó una celda del Cabildo para encerrar en ella a Ladislao y una habitación especialmente parada en la Casa de Ejercicios que administraban las monjitas de caridad, donde Camila sería recluida. Pero también por orden de Rosas, en mitad de camino llegó un chasque que desvió a los prisioneros al campamento militar de Santos Lugares. Se dice que en Buenos Aires corrían rumores de linchamiento apenas pusieran pie en la ciudad y el gobernador quiso evitar aquello, por eso el cambio.
Camila y Ladislao llegaron penosamente encadenados al campamento de Santos Lugares. Un hecho hubo que parecía aliviar la situación pero que, en realidad, no hizo más que empeorarla: ella estaba embarazada. El comandante del lugar, Antonino Reyes, se hace cargo de la situación lo mejor que puede: ordena que Camila sea tratada con delicadeza y hace que forren con tela suave los eslabones de la cadena que la engrillan. Ella y Ladislao son puestos en celdas separadas pero atendidos con toda corrección, mientras Reyes espera órdenes de Buenos Aires. Estas no tardan en llegar y su contenido es tan inesperado y terrible que el comandante debe leerlas varias veces para convencerse: Camila y Ladislao deben ser fusilados al día siguiente, a las diez de la mañana.

El 18 de junio de 1848 Camila y Ladislao son llevados frente al pelotón de fusilamiento. Camino al paredón, iban separados y con los ojos vendados, pero se percibían.
Ella preguntó al aire mientras caminaba a su muerte: —Estás allí Ladislao?
—Sí —respondió Gutiérrez desde un par de pasos de distancia y también sin poder verla por la venda—. Aquí estoy. Y mi último pensamiento es para ti...
Poco antes se le había permitido mandarle una nota de despedida a su amada en la que terminaba diciéndole: «Ya que no hemos podido vivir unidos en la Tierra, nos uniremos en el Cielo, ante Dios’"
Ambos fueron confesados por el cura del campamento, unos minutos antes del terrible momento. No pidieron clemencia, no lloraron, no se resistieron. La descarga de fusilería fue una sola y tremenda. Luego, el olor a pólvora quemada, una humareda que el viento disipó y el impresionante silencio de los soldados y oficiales que debieron cumplir la orden. Todo quedó así por varios segundos, quieto, como en una fotografía. Como si el tiempo se hubiera detenido en ese momento para todos los protagonistas de esta historia.

domingo, 14 de febrero de 2010

RINCON DEL ROMANTICISMO....AMORES MAS ALLA DEL TIEMPO ISABEL Y DIEGO

LOS AMANTES DE TERUEL

El viajero que llega a Teruel (España) , pequeña capital de provincia rodeada de un hermoso y áspero paisaje de colinas y barrancos, dividida por el profundo tajo del río Turia, de inmediato se siente asombrado ante la belleza de varias torres que emergen del perfil de la ciudad. Destacando contra el cielo del Bajo Aragón, puede apreciar cuatro esplendidas muestras del arte mudéjar: La Catedral, San Pedro, San Salvador y la postrer de la Merced invitan a subir y admirar fachadas e interiores.
En la obligada visita a la iglesia de San Pedro, sorprende encontrar en uno de sus anexos un moderno sepulcro realizado en alabastro cuyo motivo es, sin duda alguna, profano; contemplamos dos sepulturas, adornadas con sendas figuras yacentes, mujer y varón, ambos jóvenes, captados en el momento final en que pretenden entrelazar sus manos, en un intento de permanecer unidos en la eternidad.
El monumento, esculpido en 1956 por Juan de Ávalos, es un homenaje que la ciudad rinde a dos de sus conciudadanos más universales: Isabel de Segura y Diego Marcilla, a quienes, quizá para que pudiesen gozar en el recuerdo lo que no lograron en vida, han sido unidos para siempre en un único nombre: Los Amantes de Teruel.
No es esta la única leyenda sobre amores trágicos que recoge la memoria popular turolense, ¿acaso la dura geografía propicia pasiones igualmente extremas? Pero, sin duda, Isabel y Diego se han erigido en el paradigma de amor imposible llevado a sus últimas consecuencias.
Existen múltiples versiones de la trágica historia, la mayoría difieren en los detalles, pero conservan lo esencial del argumento:
A principios del siglo XIII, viven en Teruel dos familias, probablemente hidalgas y, por lo que se sabe, en buena armonía. Mientras que los Segura disfrutaban de una posición económica acomodada, los Marcilla no parece que tuviesen tal suerte. Isabel de Segura, heredera de los primeros, y Diego Marcilla, segundón de la otra, eran dos jóvenes de parecida edad, se conocían desde niños, jugaron juntos y al llegar a la adolescencia trocaron amistad por un profundo amor.
En su momento, de común acuerdo con su amada, el joven solicitó la mano de Isabel. D. Pedro de Segura, padre de la novia, se opuso tajantemente, alegando la falta de recursos de los Marcilla, que en el caso de Diego estaba agravada por la legislación civil: la herencia familiar, escasa o abundante, pasará íntegra al hermano primogénito.
Ante esta negativa, Diego Marcilla solicita de D. Pedro, un plazo de cinco años para intentar mejorar su suerte. Estamos en el Aragón de la Reconquista, el poder almohade acaba de ser destrozado en forma definitiva en las Navas de Tolosa; ahora, el territorio controlado por los musulmanes aparece como presa fácil para el empuje cristiano, está al alcance de la mano de guerreros afortunados conseguir riqueza y honor. El tesón de los novios vence la inicial reticencia paterna y se consigue el acuerdo; de inmediato el joven parte a la guerra.
Pasan los cinco años y Diego no regresa ¿habrá muerto en el empeño? ¿será que olvidó su promesa?. La falta de noticias autoriza al padre de Isabel para, sin faltar a su palabra, concertar la boda de su hija con D. Pedro Fernández de Azagra, hermano del señor de Albarracín, cuya familia es probablemente la más acaudalada y poderosa de la frontera.
El día de la boda, a celebrar en la principal iglesia de la ciudad, todo Teruel se encuentra en fiestas, no en balde se están uniendo dos familias de lo más notable. Un jinete cruza la muralla a través del portillo de la Andaquilla, extrañado por el alegre ambiente que reina en las calles, pregunta la causa y al oír la respuesta su rostro palidece, corre hacia la iglesia, atraviesa la nave principal, y llega a los pies del altar mayor justo a tiempo para escuchar la bendición del sacerdote a los recién casados.
Se trata, como era de imaginar, de D. Diego, ahora rico y ennoblecido por su valor y decisión en el campo de batalla. Ante lo inevitable de su suerte, solicita de Isabel un único beso de despedida; la reciente esposa, haciendo honor a su nuevo estado, se lo niega y el infeliz amador cae muerto, ¡fulminado a sus pies!
Al día siguiente, tienen lugar los funerales por el desgraciado guerrero. En mitad de la ceremonia aparece una dama ataviada de riguroso luto, que acercándose al catafalco, donde se expone al fallecido, le besa y a continuación cae muerta a su lado. Es Isabel, quien no ha podido sobrevivir a aquella única prueba de amor.
Las tres familias afectadas, con una profunda impresión por el imprevisto desenlace, una vez superado el horror inicial, deciden enterrarlos juntos, en la nave de la misma iglesia donde ha culminado la tragedia.
¿Leyenda o realidad? Es difícil responder. Los numerosos estudios – no todos objetivos ni desinteresados - parecen alimentar la segunda hipótesis. Existe un acta notarial fechada en 1619 que atestiguan una exhumación realizada en 1555 durante unas obras en la iglesia de San Pedro. Enterrados bajo el pavimento aparecen los cadáveres de un varón y una mujer, que son los restos que ahora reposan bajo el mausoleo de Juan de Ávalos. Los resultados de los análisis realizados en el año 2004 corroboran el origen medieval, aunque con ciertas discrepancias según las diferentes muestras. Mientras que algunas apuntan a 1260 como antigüedad máxima, con un margen de error de unos cuarenta años, en buena armonía con la fecha de 1217, donde varias crónicas sitúan los hechos; otras las datan entre los siglos XIV y XV. Una plausible explicación sería la posible contaminación con otras fuentes ocurridas durante algún traslado o levantamiento no registrado.
Parece cierto que al descubrirse los cadáveres, de inmediato fueron atribuidos a Los Amantes de Teruel. Esta reacción popular probaría que ya en aquella lejana fecha existía una fuerte tradición oral sobre la veracidad de la leyenda. Tradición que fue recogida en forma literaria por primera vez en el drama “Los Amantes”, del autor valenciano Rey de Artieda, impreso en 1581, pero probablemente escrito con anterioridad.
Con Rey de Artieda comienza una larga compilación teatral: Tirso de Molina; Moreno Carbonero; Hartzembusch, cuya versión romántica, estrenada en 1837, es quizá la más difundida; sin olvidar el género lírico, donde el compositor Tomás Bretón estrena en 1889 “Gli Amanti di Teruel”, de la que diez años después realiza la versión en español, son los principales exponentes de esta corriente. Las diferentes versiones adornan la acción con distintos episodios periféricos, según el gusto de cada época, pero el esquema fundamental, responde al narrado anteriormente.

Para terminar, permítase una breve reflexión. Impresiona que sea la pura fatalidad quien decide el destino de los amantes. Todos los personajes, incluido D. Pedro de Segura, tienen un comportamiento razonable. Al final, el tiempo se erige en autentico protagonista de la tragedia. No existen enemigos declarados que se opongan explícitamente a la felicidad de la pareja; circunstancia que difiere notablemente de otras historias análogas


RINCON DEL ROMANTICISMO....AMORES MAS ALLA DEL TIEMPO ELOISA Y ABELARDO

«...Dudo que alguien pueda leer o escuchar tu historia sin que las lágrimas afloren a sus ojos. Ella ha renovado mis dolores, y la exactitud de cada uno de los detalles que aportas les devuelve toda su violencia pasada[…]»
Carta de Eloisa a Abelardo



I- Transcurre el año 1142, Europa Occidental bulle de efervescencia intelectual, Paris se está erigiendo en capital del pensamiento, la doctrina escolástica brilla en su mayor esplendor, con el solo razonamiento se puede aprehender la naturaleza. En el Monasterio de San Marcelo, cerca de Chalons, ciudad de Borgoña próxima a las márgenes del Saona, un enfermo de sesenta y tres años, sintiendo próximo su fin, pasa revista a su vida. Junto a él se halla apilada la prueba de su decisiva aportación al renacimiento cultural, numerosos manuscritos sobre lógica y dialéctica así lo atestiguan. Mas, no es a este tesoro intelectual al que vuelve la vista, sino a un atado de cartas de amor, que le han sido enviadas a lo largo de los últimos veinticinco años por una religiosa, con quien, en aquel entonces, vivió una trágica historia de amor, que ni el tiempo, ni la separación – no habían vuelto a reunirse – relegó al olvido. Pocos años antes lo dejó reflejado en su autobiografía, que tituló “Historia calamitatum”, ¡extraño nombre!, ¿Quizá juzga así su existencia? Recuerda su infancia en Bretaña donde había visto la luz en 1079, hijo de una familia de la baja nobleza, militares al servicio del poderoso Conde de Nantes. Destinado a la carrera de las armas, pronto encontró en la filosofía su verdadera vocación. Con dieciocho años se incorpora a la escuela de uno de los más afamados maestros, Juan Roscellino, de quien termina discrepando, lo contradice en público y por último, abandona su tutoría. El nacimiento del siglo XII contempla la entrada en París de un joven Abelardo anhelante de conocimientos y rebosante de ambición intelectual y social. Los dos años siguientes fueron de febril aprendizaje. Ingresa en la escuela de la Catedral para estudiar dialéctica con el más renombrado filósofo de la época, Guillermo de Champeaux. A los pocos meses se repite la historia de Juan Roscellino; Abelardo, perpetuo inconformista, osa contradice la doctrina del maestro; tras una polémica cada vez más acalorada, que provoca entre los estudiantes la formación de sendas corrientes, el alumno sale triunfante y Guillermo acepta las tesis del, hasta entonces, discípulo. Este éxito catapulta la fama del joven, que confiando en su ciencia, con tan solo veintidós años decide montar su propia escuela. El lugar seleccionado es Melún, ciudad muy importante por aquel entonces. El éxito lo acompaña y muy pronto se muda a Corbeil, más próximo a París, cuya escuela de Nuestra Señora era el blanco de sus aspiraciones. Tanta actividad mina su salud, debiendo retirarse unos años a Bretaña para reponerse. Vuelve a Paris, de nuevo como discípulo de Guillermo de Champeaux y, en 1108, se presenta la ansiada oportunidad; Guillermo es nombrado obispo de la diócesis de Chalons-sur-Marne y Abelardo le sucede a la cabeza de la escuela de París, Tras otro breve retiro en Bretaña, se dirige a Laón para estudiar teología con el prestigioso doctor Anselmo de Laón. En 1114 retorna como profesor en la escuela catedralicia de París, donde llegó en breve lapso al apogeo de su celebridad. En este punto, la memoria del monje hace un alto, lágrimas de orgullo asoman a sus ojos, recuerda aquellos tiempos de gloria y rememora, entre los mas de cinco mil alumnos que llegó a tener, alguno de los más famosos: un Papa (Celestino II), diez y nueve Cardenales, más de cincuenta Obispos y Arzobispos franceses, ingleses y alemanes.De súbito, una nube de tristeza le cubre el rostro; en su memoria acaba de entrar el recuerdo de un personaje singular, que al final decidiría su existencia: Fulberto, Canónigo de la Catedral de París, quien solicita los servicios del afamado maestro como preceptor de su sobrina Eloisa, culta y bella joven de dieciséis años, quien habiendo perdido a sus padres fue confiada a su tutela [i].
La expresión del enfermo cambia de nuevo; la tristeza se troca en alegre melancolía. Está reviviendo aquellos momentos dichosos, ¡los más felices de su vida! en que la inicial admiración intelectual Eloisa hacia su maestro había derivado en una arrebatadora pasión por el varón que la enamoraba. Él no podía ser considerado novicio en lances amorosos, mas, a pesar de su experiencia, había correspondido a tanto ardor con un paralelo ímpetu que le hacía olvidar cualquier convencionalismo.



En la “Historia Calamitatum” reflejó aquellas sesiones en casa de Fulberto:
«...Los libros permanecían abiertos, pero el amor más que la lectura era el tema de nuestros diálogos, intercambiábamos más besos que ideas sabias. Mis manos se dirigían con más frecuencia a sus senos que a los libro s[…]» que sucedía, tarde tras tarde, en su propia casa.
Al recordar este pasaje de su vida, el pulso del enfermo comienza a latir con violencia; está reviviendo la etapa más intensa de su vida, aquella que le dejaría marcado, en cuerpo y espíritu, para el resto de la existencia que está a punto de espirar.
¡Qué felicidad sin dobleces transpiraba su amada el día que le comunicó su embarazo! ¡Cómo contrastaba la actitud de la joven con las dudas y temores que a él inquietaban! Al final, el amor venció todos los temores, la radiante Eloisa aseguraba que la concepción se había producido la tarde en que el temario de las clases señalaba el estudio del astrolabio, en recuerdo, si el hijo fuese varón llamarían con este nombre.
Cuando Fulberto fue consciente de lo que estaba aconteciendo, tras una primer acometida de indignación, aceptó lo inevitable, procurando imponer una solución que él consideraba razonable. Envió a Eloísa a Bretaña, a casa de una hermana, donde dio a luz un niño, a quien, conforme a lo previsto, pusieron por nombre Astrolabio, mientras que conminaba al padre para reparar por medio del matrimonio la falta cometida.
Abelardo accedió de buena gana a la proposición de Fulberto; pero, para estupor general, Eloísa, con diferentes argumentos, se opuso de manera radical a la boda. Tras un tenaz asedio, al final cedió de su postura inicial con la condición de mantenerlo secreto. Con esta reserva el matrimonio se celebró en París. El airado tío, tras esta primera victoria en la lucha por restaurar el honor perdido, presionó para dar publicidad al vínculo y de esta manera normalizar la situación a los ojos de la sociedad.
De nuevo se opuso Eloísa, quien llega a realizar un juramento formal de que jamás se hubiera casado. La actitud fomentó entre el tío y la sobrina, que vivía con él, una profunda desavenencia que degeneró en malos tratos, llegando la situación a tal extremo que Abelardo se vio obligado a buscar refugio para su esposa en un convento de Argenteuil, cerca de París.
Fulberto, creyendo que Abelardo quería obligarla a hacerse monja para librarse de ella, juró vengarse, y en breve encontró medio de ejecutar su feroz venganza. Sobornó a un criado del filósofo para que les franquease el paso, y una noche, entrando con un cirujano y algunos sayones en el cuarto de Abelardo, entre todos le castran huyendo a continuación.
Piensa Abelardo ¡Qué importa que la justicia apresase al criado y otro de los agresores¡ El castigo: igual mutilación y además la pérdida de los ojos, ¿Le permitirían volver a sentir la anterior pasión? Tampoco el destierro del canónigo Fulberto, al que se confiscaron todos sus bienes, podía reparar lo perdido.
Era el año del Señor de 1118, mis heridas corporales sanaron, pero mi vida entera cambió. Hube de renunciar a Eloisa, que profesó de monja en el convento de Argenteuil, no volviendo a vernos en el resto de nuestras vidas; según las leyes canónicas estoy incapacitado para ejercer oficios eclesiásticos viéndome obligado a ingresar como fraile en el monasterio de San Dionisio.
Las emociones han sido en exceso intensas para este hombre cansado, perpetuo inconformista, castigado de forma atroz en cuerpo y espíritu. El hilo de la memoria se interrumpe, reclina el cuerpo sobre el lecho, cierra los ojos, y mientras dedica un postrer recuerdo a la que nunca dejo de amar, las cartas resbalan de su mano y exhala su último suspiro.



II
Entretanto, a 250 kilómetros del moribundo, en plena Champagne se encuentra la ciudad de Troyes, y en sus cercanías se alza el convento del Parácleto, cuya abadesa, aun joven, es la propia Eloisa. Ha tenido noticias del estado de Abelardo y espera, con mucho dolor pero igual decisión, el fatal desenlace. Está dispuesta a cumplir lo que, sin duda alguna, adivina últimos deseos del agonizante ¡reunirse con su amada!
Entretanto, a 250 kilómetros del moribundo, en plena Champagne se encuentra la ciudad de Troyes, y en sus cercanías se alza el convento del Parácleto, cuya abadesa, aun joven, es la propia Eloisa. Ha tenido noticias del estado de Abelardo y espera, con mucho dolor pero igual decisión, el fatal desenlace. Está dispuesta a cumplir lo que, sin duda alguna, adivina últimos deseos del agonizante ¡reunirse con su amada!
También ella está sumida en los recuerdos. Mas, a diferencia de Abelardo, no adopta una actitud resignada, aún alienta en ella la misma pasión que, veinte años atrás, apenas una niña, le hizo oponerse con fuerza a todo convencionalismo.
No siente particular nostalgia del hijo. Cuando lo separaron de ella, fue confiado a su hermana; más adelante, bajo la protección de otro tío, Porcarius, canónigo en Nantes, siguió la carrera eclesiástica, a la que, dado sus singulares padres, estaba predestinado. Tiene esporádicas noticias de él, ahora está con su tío, de seguro le sucederá en la canonjía.
En cambio Abelardo siempre esta presente en su memoria. Considera que su vida comenzó cuando le conoció, marchitándose en el momento de separarse. Sus arrebatadas cartas lo reflejan con lucidez:



……Para hacer la fortuna de mí la más miserable de las mujeres, me hizo primero la más feliz, de manera que al pensar lo mucho que había perdido fuera presa de tantos y tan graves lamentos cuanto mayores eran mis daños […]



¡Las cartas! Siempre escasas, no obstante, el único vínculo entre ellos, al que por más de veinte años permanecieron aferrados:



…….Si la tormenta actual se calma un poco, apresúrate a escribirnos; ¡la noticia nos causará tanta alegría! Pero sea cual sea el objeto de tus cartas, siempre nos serán dulces, al menos para testimoniar que tú no nos olvidas […]



¡Ay, Abelardo!, tan fuerte frente a los hombres y tan tierno conmigo. Nunca me he arrepentido de mi pasión, solo me angustia pensar que mi negativa a hacer pública nuestra unión haya podido ser la causa de tu desgracia A pesar de ser el más brillante dialéctico de Paris, o lo que es igual, de toda la Cristiandad, nunca entendiste mi actitud; iba más allá de la pura conveniencia. .¡Me negaba, y me niego, a que nuestro amor fuera forzado en ningún sentido! ¡No puedo admitir que tanta pasión cambiase de rumbo! Tú, por el contrario, en aras de lo que creías mi tranquilidad, estuviste dispuesto a renunciar a las dignidades que te correspondían por méritos propios.
Tú pudiste resignarte a la cruel desgracia, incluso llegaste a considerarla un castigo al que te habías hecho acreedor por transgredir las normas. ¡Yo, no!, ¡No he pecado! solo amo con ardor desesperado; cada día aumenta mi rebeldía contra el mundo y crece más mi angustia. ¡Nunca dejaré de amarte!. ¡Jamás perdonaré a mi tío, ni a la iglesia, ni a Dios, por la cruel mutilación que nos ha robado la felicidad!
Pero, ¿qué puedo esperar yo, si te pierdo a ti? ¿Qué ganas voy a tener yo de seguir en esta peregrinación en que no tengo más remedio que tú mismo y en ti mismo nada más que saber que vives, prescindiendo de los demás placeres en ti -de cuya presencia no me es dado gozar- y que de alguna forma pudiera devolverme a mí misma? […]
Mas, yo te prometo que he de procurarte el descanso que no conseguiste en vida. Ni siquiera aquella Iglesia que tanto amaste ha sido justa contigo, se han condenado tus escritos, has sido perseguido y sufrido un sinfín de injusticias, solo por la valentía de expresar lo que piensas, sin importarte el desacuerdo con los poderosos, sean obispos reyes, papas, santos o concilios.



EPÍLOGO
Eloisa, cuando conoció la muerte de Abelardo se comunica con Pedro el Venerable, abad de Cluny. Este influyente personaje siempre había mostrado especial debilidad por Abelardo, lo demostró en épocas pasadas; cuando más arreciaban las críticas hacia las tesis del filósofo, había conseguido reconciliarle con Bernardo de Clairvaux, su más encarnizado fiscal. Pedro consigue sin dificultad que los restos de Abelardo sean trasladados desde Chalons al Parácleto, donde Eloisa los da sepultura. Veinte años después, en 1164 moría Eloisa. Dispuso que fuese enterrada en el mismo sepulcro de su enamorado, plantando a continuación un rosal sobre la tierra que los recubrirá. Aquí, donde acaba la realidad, comienza a tejerse la leyenda: En el momento de ser depositada en la sepultura común, ambos esposos extienden sus brazos para fundirse en un último y eterno abrazo.